Rolando Villazón hace meses que anda en paradero desconocido. El sábado pasado debía estar cantando en Colonia, pero por allí no se le vio. En su lugar, un grupo de encapuchados colocaron a Marcelo Álvarez envuelto en una sábana de lino, cantando de forma que el público que gastó entre 55,25 y 204,50 euros por una entrada quedara suficientemente satisfecho.
La prensa especializada no se pone de acuerdo sobre el paradero de Rolando. La versión oficial es que se encuentra enfermo, aunque no especifican más, sin aclarar si está enfermo para bien, o lo está para mal. En cualquier caso, yo vi a Rolando el mismo sábado por la tarde correteando con Hélène Grimaud –dios mío qué mujer– por las nocturnas calles de Hamburgo, aunque creo que se trata de una especie de contubernio en contra de su imagen, algo así como un juego de espejos capaces de reflejar su apariencia en una pantalla cóncava.
A las especulaciones sobre su estado de salud, se le suman las artísticas y las sentimentales. Las fuentes consultadas hablan de “crisis artística” y de “vida sentimental desastrosa“, y eso sin tener en cuenta la sobrecarga laboral que un personaje de su popularidad debe soportar. A los viajes, ensayos y conciertos hay que sumarle grabaciones de documentales, galas televisivas o conciertos benéficos. Otras fuentes achacan su desaparición a la grabación secreta de un nuevo DVD que se proyecta como un gran éxito de ventas para la próxima campaña navideña.
Su actual agente artístico habla de una drástica reducción de compromisos laborales, con el fin de asegurar la pronta recuperación del cantante. Por ello, el médico de cabecera de Villazón ha puesto a su disposición una BMI (Baja Médica Indefinida) “hasta que se vea con corazón de volver a los escenarios”. Ahí también entran en juego otros intereses, los económicos en primer lugar, y en segundo lugar los no menos importantes “conocimientos de las causas”, aquellos contactos privilegiados que aseguran el trabajo cuando vienen mal dadas.
En una historia de este tipo, hay espacio para el amarillismo y el morbo más banal. Por ejemplo, hay quien dice haber visto a Rolando Villazón embarcando con destino a Viena el día siguiente de cancelar una actuación en Milán, y todo para poder encontrarse con Anna Netrebko en las habitaciones del Ritz de la capital austríaca. Hay incluso quien asegura haberlo leído en un artículo de un diario que, desgraciadamente, nunca veremos para poderlo contrastar. Y los hay también que llegan al extremo de afirmar que Rolando aprovecha la menor ocasión para viajar a Viena, colarse en el Ritz con un disfraz de botones, y sentir en su propia piel el placer de ser humano.
En cualquier caso, los grandes perdedores somos los aficionados a la música y a las artes en general, que vemos cómo se vulgariza un mundo en el que antes sólo entrábamos la élite –principalmente por la compleja comprensión del lenguaje–, y al final todo se reduce en líos de faldas y salidas de pata de banco. Ojalá se deshaga pronto este entuerto, y que finalmente se atreva Rolando a salir de su escondite y dar señales de vida. En este blog siempre será bienvenido. Y si alguien lo ve o sabe dónde para, que lo anuncie por aquí.